
Seis soldados esperaban a los pasajeros cuando llegamos al muelle de Juanchaco. Habían pasado por lo menos cinco años desde la última vez que había venido. Siempre había visto dos o tres agentes de policía. A pesar de que en la isla se encuentra ubicada una pista de aterrizaje de la Fuerza Aérea Colombiana, era la primera vez que veía soldados. Algunos debían ser bachilleres; de rostros casi imberbes y caminando de manera desprevenida, sin necesidad alguna de mostrar autoridad sobre nadie. Los soldados profesionales, en cambio, se movían entre los pasajeros con un dejo de indiferencia y desprecio. Contaban con mejor armamento –chaleco negro para llevar armas y fusiles M-16– y no parecían revisar a nadie, sólo miraban de soslayo.
Yo no llevaba más que un morral y una carpa que cargaba con una mano, así que mi desembarco fue rápido. Mientras Óscar reclamaba su maleta, que iba en la bodega de la lancha, me paré junto a la baranda del muelle. Un soldado profesional se hizo a mi lado y levantó su pierna, apoyándola a la vez en la baranda sobre la que yo tenía recostado el cuerpo. A los pocos minutos apareció Óscar con su maleta. Me desentendí del soldado y fuimos a Juanchaco a buscar transporte que nos llevara a Ladrilleros. De ahí tomaríamos una trocha que nos conduciría a nuestro destino final, La Barra, un pueblo donde Óscar piensa filmar una película que lleva por nombre El vuelco del cangrejo.
Hay tres maneras de ir de Juanchaco a Ladrilleros: caminando, en un remolque tirado por un tractor o en moto. Como estaba bastante caluroso y el tractor todavía se demoraba en salir, nos decidimos por la tercera opción. Cada uno se fue como parrillero de una moto distinta. La callecita que conduce a Ladrilleros pasa a lo largo de algunas casas de Juanchaco y luego bordea uno de los extremos de la pista de la Fuerza Aérea. En Ladrilleros tomamos una gaseosa y una masita de harina mientras mirábamos los adornos navideños hechos de botellas desechables de gaseosa que habían pintado. Estos pendían de cuerdas amarradas a lo largo de las calles destapadas. Las casas de Ladrilleros son de madera y, con frecuencia, están pintadas con colores brillantes. Al frente del lugar donde comíamos había un granero de donde salían vallenatos a todo volumen.
A La Barra nos fuimos por trocha. Antes de arrancar, Óscar sacó unas botas de caucho que salían de su maleta y se las puso. Yo habría de recorrer todo el camino en sandalias. En días anteriores había llovido y buena parte del trayecto estaba empantanado, así que algunas veces nos tocó vadear el camino. Detrás de los árboles, a lo lejos, se oía el rugido del mar. Desacostumbrados a caminar bajo el sol, a los pocos minutos la luz parecía más picante y nuestro cansancio, mayor. La vegetación a lo largo del camino, por su parte, era mecida constantemente por la brisa. Varios pájaros emitían sonidos que desconocíamos y la promesa del mar, lejano, parecía más cruel. Durante el recorrido de menos de una hora, dos aviones aterrizaron en la base. Recordé que uno más había aterrizado cuando llegamos a Ladrilleros.
Poco tiempo después nos encontramos con un campesino. Era viejo y estaba encorvado por el peso de un costal de cocos que llevaba sobre la espalda. Aunque es posible que al dejar los cocos en el suelo su postura no cambiara en absoluto. Ambos nos quedamos mirando al hombre después de que pasó a nuestro lado. Caminaba con los pies ligeramente ladeados hacia adentro. “Qué buen personaje,” me susurró Óscar.
“¡Amigo!” gritó. No obtuvo respuesta. Óscar volvió a llamarlo. El hombre se detuvo y giró su cuerpo. “Amigo, ¿usted vive en La Barra?”
“Vengo de allá… Pero hoy ya no voy más para allá”
“¿Pero usted vive allá?” volvió a preguntar Óscar.
“Yo tengo una hermana que vive allá.”
“¿Y usted cómo se llama?”
“Doris… vive en una de las primeras casitas,” respondió al mismo tiempo que Óscar le preguntaba su nombre. “Raúl…” respondió.
“¿Raúl qué?”
“Raúl Mosquera.”

Después de la conversación fuimos por una cerveza que tomamos mirando el mar. Luego nos metimos. Cuando regresamos a uno de los kioscos de Cerebro, el más cercano a la orilla, me recosté un rato sobre una banca. Óscar no estaba cuando desperté. Me metí en el mar, una vez más, y al volver al kiosco lo vi acercándose. Su rostro no tenía buen aspecto.
“A dónde fuiste?” pregunté. “A Punta de Panamá, donde se termina la playa,” respondió. Después de unos momentos de silencio, siguió: “La gente está como muy desanimada. ¿Sí viste este man de Cerebro? En otras ocasiones el man me decía que primero me acomodara y después hablábamos… Esta vez no nos dejó seguir y pidió explicaciones de una… Ahora necesito que le pongás conversa para que el hombre coja confianza de nuevo.” Acepté con un movimiento de cabeza, aunque no supe exactamente a qué se refería. “Cerebro está retriste… La mujer se le fue otra vez,” añadió Óscar.
Armamos la carpa en un kiosco cercano, ubicado a cincuenta metros del par que Cerebro tiene en la playa. Cincuenta metros más adentro estaba su casa. Lo más importante era que, en caso de llover, estaríamos bajo techo. Después de acomodar las maletas adentro, nos acostamos un rato, mientras esperábamos la comida. En los lapsos de duermevela me di cuenta de una fina lluvia que había comenzado a caer.
“¿Muchachos?” nos despertó Cerebro después de un rato, “ya está la comida.” Había oscurecido y a pesar de las nubes, la noche estaba clara y era fácil diferenciar las siluetas a lo lejos. Fuimos hasta la choza donde Cerebro tenía la cocina y el comedor. Sobre la mesa había dos platos, cada uno con un par de arepas de huevo. También había dos tazas de chocolate. “Cómanse eso pues que ya vamos tarde para los Arrullos.”
Óscar ya me había hablado de la posibilidad de asistir a los Arrullos cuando veníamos en el bus de Cali a Buenaventura. Yo no sabía nada de ellos. Según me explicaba Óscar, como la Novena, los Arrullos se cantan del 16 al 24 de diciembre. Cada día los cantos se prolongan una hora y el 24, los pobladores se amanecen cantando.
Después de comer pasamos por la casa de Cerebro para recoger un bombo macho y un bombo hembra. “Están como destemplados… Ahí los puse al calor, pero no estaban sonando muy bien…” nos explicó. “Tengo uno más grande, pero se lo presté a una persona en Ladrilleros y ella se lo prestó a otra en Juanchaco que lo dañó.”
Los Arrullos se estaban celebrando en lo que yo supuse un kiosco comunal. A veinte o treinta metros sonaba música de una discoteca. El volumen era bastante alto y supuse que esto afectaría el desarrollo de los Arrullos. Más tarde notaría que la música no era capaz de hacerle competencia significativa a los cantos si uno estaba cerca o dentro del kiosco.

Más de cuarenta personas cantaban cuando llegamos. Un pesebre brillaba al fondo. Cerebro entró a sentarse con los demás músicos. Óscar y yo nos quedamos afuera, apoyados sobre una baranda. Junto a nosotros había una pareja de turistas que más tarde nos ofreció aguardiente. Entramos después de las primeras canciones. La pareja también lo hizo. Aunque siguieron los Arrullos con las palmas a lo largo de la noche, nunca parecieron estar del todo cómodos.
Cerebro se había quedado con el bombo macho y había pasado el bombo hembra. Estos tambores no eran los únicos. Del techo, sostenida por dos cuerdas, pendía una caneca de plástico amarillo para guardar agua que hacía las veces de bombo. “Es más que todo para el bajo,” me explicó Cerebro. Un hombre de unos cuarenta años la tocaba con baquetas. También hacía la voz líder en algunas canciones. A su lado, también armado con un par de baquetas, un muchacho de unos trece años tocaba una caneca de plástico azul, más pequeña.
Fuera de estos bombos, había otro que sonaba menos y hacía las veces de acompañante. Finalmente había dos pares de platillos oxidados que, a lo largo de la velada, rodarían de mano en mano.
Este grupo de instrumentistas tocaba en el centro del kiosco. En el costado derecho había un número indeterminado de niños de diferentes edades y en el costado izquierdo un sinnúmero de mujeres que se encargaban del coro. La estructura de los Arrullos era por lo general la misma: una voz líder canta una estrofa y un coro contesta con un estribillo que es con frecuencia el mismo.
Dentro del coro tres mujeres de edad me llamaban la atención; dos hacían la voz líder en la mayoría de las canciones; lo llamativo de la tercera era su aspecto: negra y de corta estatura, su pelo era liso y corto y a pesar de que se veía bastante mayor, llevaba el ritmo de los cantos con las palmas, siempre sonriendo. Una cuarta mujer resaltaba: tendría 14 años y vestía una falda de jean y una blusa de camuflado. Su contextura era gruesa. Algunas veces iniciaba cantando y los tambores y coro la seguían. También sonreía siempre, mientras el ritmo parecía dominar todo su cuerpo.
Los cantos fueron acompañados por la toma de guarapo y viche, dos tragos de la zona. El primero era fermentado, tenía una contextura grumosa y un olor penetrante. El viche se parece un poco al tequila o al aguardiente –en cuanto a color y contextura–, aunque tenía un tono más viscoso. Una señora pasaba cada tanto ofreciendo las bebidas, tanto a adultos como a niños. En su mano llevaba un solo vaso desechable del que tomábamos todos. A pesar del olor fermentado del guarapo, yo aceptaba con gusto.
Óscar no duró mucho conmigo. Ya había estado en los Arrullos el año pasado y no estaba tan animado como yo. Después de haber pasado un rato con alguien que vino a buscarlo, me dijo que se iba a dormir. Asentí. Me di cuenta que el costado donde habíamos estado ubicados se había quedado vacío poco a poco. La mayoría de los niños estaban jugando fuera del kiosco. “¿Será que les huelo feo?” pensé. No tendría nada de raro: la dieta mía y, por tanto, el humor debían ser distintos a los de los pobladores. A los pocos minutos mi costado estaba otra vez lleno de gente. La señora del guarapo y el viche nunca dejó de ofrecerme el vaso para tomar.
Un nuevo asistente llegó a los pocos minutos. No llevaba camisa y tenía los músculos marcados por el trabajo en el campo. Su tez era blanca. Antes de sentarse con un bombo en su regazo, me pasó un par de platillos al tiempo que preguntaba: “¿Usted quiere tocarlos?” “Bueno,” respondí, un poco temeroso porque ya había intentado llevar el ritmo con las palmas y lo había perdido en más de una ocasión.
Los Arrullos se acabaron a eso de las once y media. Tomé el bombo hembra y lo cargué hasta la casa de Cerebro, que quedaba en el camino al kiosco donde habíamos extendido la carpa. “Cerebro, ¿y a vos por qué es que te dicen así?” pregunté. Se rió, “Ah, no… historias de la vida.”
Después de despedirme y cuando ya estaba por entrar a la carpa, me dieron ganas de tomar una gaseosa. Sin ánimos de dormirme todavía, decidí volver al pueblo. Estaba ya caminando al frente de la tercera o cuarta casa cuando oí que alguien decía:
“¡Alto!” Seguí caminando. “¡Alto!” repitieron. Me volteé y un soldado se acercó. “Espérenos a que pasemos.” Asentí. Mientras avanzaba, me quedé parado junto a un poste. Seis soldados más lo seguían. Uno se acercó: “¿Estas son las primeras casas?” “Sí,” respondí.
Luego de tomar la gaseosa, me devolví a la playa. Venteaba. A lo lejos brillaban las luces de ocho barcos. Al lado izquierdo se veían tres o cuatro postes que proyectaban su luz sobre la playa de Ladrilleros. Al lado derecho el paisaje era más estremecedor: no había luces y la silueta de la playa se prolongaba varios kilómetros. Las nubes grises, oscuras y pesadas la bordeaban. Prometían un aguacero.
Al día siguiente comenzó a llover desde temprano. Cerebro nos despertó para preguntarnos qué íbamos a desayunar, a eso de los ocho y media. Al salir de la carpa nos dimos cuenta que una patrulla de soldados se había refugiado en algunos de los puestos y kioscos de la playa. Desde que la guerrilla puso una bomba en Juanchaco, en agosto del año pasado, algunas patrullas del ejército requisan de vez en cuando a las personas en las calles del poblado. “A mí me pidieron la cédula… ¿Luego y quién es que sale a la panadería con cédula?” me dijo con gesto cansado otro de los pobladores. “Nos tienen tildados de ser un pueblo guerrillero… Y aquí se ve gente rara que viene y pasa…” “Ah, pero es gente que no es del pueblo,” dije. “A veces,” comentó, “ya algunos jóvenes han empezado a meterse con unos o con otros… Un primo lejano mío está con los… Uno piensa en sus hijos… Uno tiene sus hijos y les puede decir las cosas, pero ya cuando comienzan a jovenciar no hay mucha manera de controlarlos.”
Como el desayuno no estaba listo, decidí ir a bañarme al mar. Había marea baja y las olas estaban lejos. Dos niños jugaban con anillos –de madera o de caucho, vaya uno a saber– que empujaban con unos palos. Uno era negro y otro de tez blanca, aunque de facciones negras. Después de reírse un rato mientras empujaban los anillos y corrían, ambos se metieron en una piscina de agua que el mar había formado antes de las olas. Entre las olas y esta piscina una barca descansaba sobre un pedazo de playa que estaba seco. Un hombre caminaba cerca.
Al meterme a la piscina los niños se acercaron con curiosidad. Caminé más adentro y los niños me siguieron. “¿Vamos hasta allá?” preguntó el de tez clara. Miré la distancia y supuse que la piscina debía ser panda. “Vamos pues,” dije resuelto. Pero a medida que nos adentrábamos la piscina se hacía más profunda y la corriente más fuerte. Ésta tiraba hacia Ladrilleros. En cierto momento empezó a arrastrar al niño que me había propuesto cruzar la piscina. Él se reía. Como no parecía tener fuerza suficiente para resistirse, le alcancé el brazo. El niño lo tomó con confianza y no me soltó incluso cuando ya no parecía necesario retenerlo. Sólo lo hizo cuando el otro le indicó hacerlo. “Yo me llamo Weimar y él es el paisa,” dijo el de tez oscura. “Yo no me llamo el paisa,” aclaró el otro, “mi nombre es Freddy.” Weimar me miraba con mucha más desconfianza y no parecía estar del todo cómodo. “¿Va a saltar?” me preguntó Freddy cuando ya me estaba saliendo para ir a desayunar. “¿Cómo?” pregunté. “Que si va a saltar,” repitió Freddy. “Ah, sí,” respondí, asumiendo que me preguntaba si me iba a salir.
Una grabadora sonaba con fuerza cuando volví a la choza para desayunar. Uno de los hijos de Cerebro la había dejado encendida. Cerebro, por su parte, se encontraba en la cocina. “Es parte de los cambios que ha traído la energía,” me explicaba Óscar con tono nostálgico, “antes esto era muy silencioso.” Óscar le hizo saber a Cerebro que le iba a bajar el volumen a la grabadora. Lo hizo de tal manera que Cerebro le indicó que mejor la apagara. “Si a mí me dan cincuenta millones por esto, yo me voy,” dijo cuando vino a sentarse a nuestro lado. “Para esta época recibía mal que mal, diez carpas…. Esta vez ustedes son los únicos que me han llegado.”
Mientras terminábamos el chocolate le pregunté a Cerebro por Las Piscinas, una de las atracciones de La Barra. Prometió averiguar si alguien podía llevarnos. También nos enteramos de un partido que iba a jugar el equipo de La Barra con el equipo de Ladrilleros, en la playa de este último pueblo. Le propuse a Óscar que fuéramos. Como la marea estaba baja, caminaríamos por la playa. Habíamos acordado con Cerebro que nos prepararía un sancocho de pescado para el almuerzo, pero hacía falta plátano. Prometimos comprarlo. De igual manera nos pidió un tomacorrientes y un benjamín.
Mientras caminábamos por la playa hasta Ladrilleros, Óscar me contó que veía triste a Cerebro. La situación de orden público y el hecho de que la mujer lo hubiese abandonado por segunda vez lo tenían desanimado.
Cuando vine a La Barra por primera vez, Cerebro tenía una caja de plástico llena de galletas de coco que él mismo cocinaba. Ese día comimos tantas como pudimos y la cantidad no parecía disminuir. Esta vez sólo había seis o siete galletas y Cerebro no se preocupó por hacer más. Sin razón alguna, asocié el número de galletas tan bajo con su situación personal. En realidad era más factible que tuviera que ver con la pobre afluencia de turistas.
“No, y este man de Miguel me cogió anoche,” empezó Óscar. “¿Miguel?” pregunté desconcertado. “¿Te acordás que mientras estabas en los Arrullos yo me salí un momentico? Estaba con él.” Miguel es uno de los actores naturales de El vuelco del cangrejo. Tiene 21 años pero su rostro aparenta menos edad. “Comenzó a azarar con que ‘Óscar, ¿qué me trajiste?’ y se puso todo violento; tanto que me tocó pararlo y decirle que qué le pasaba, que él no era así. Me hizo una seña y entendí… Cuando le pasé lo que tenía, el man acercó los ojos a la mano e hizo que dizque así,” comentó Óscar mientras imitaba el gesto de sorpresa de Miguel, “¿Y eto qué es? ¡Eto tan poquito!” Me reí ante la actuación de Óscar. Pero detrás de nuestras risas podía percibir su preocupación: postergar el inicio del rodaje ha comenzado a desanimar a los diferentes actores y a la comunidad en general que ha tenido alguna relación con el proyecto.
El partido llevaba varios minutos de juego cuando llegamos a la playa de Ladrilleros. La Barra iba perdiendo 2 a 1. Vimos 2 goles más y subimos hasta las casas que conformaban el caserío. A pesar de visitar tres tiendas, no pudimos encontrar plátanos. Tuvimos mejor suerte con el benjamín y el tomacorriente. Nos tomamos un par de cervezas en una de las tiendas y volvimos a la playa. Ladrilleros había hecho 2 goles más. Decidimos empezar el viaje de vuelta a La Barra.

Después de comer sancocho de pescado Cerebro nos informó que su hijo nos llevaría a Las Piscinas. Joaquín era un joven de 16 años, más o menos. Su piel tenía un tono más oscuro que la de Cerebro y sonreía menos, con una sonrisa que parecía de burla.
Lo acompañamos hasta la casa para recoger los remos. Acomodó uno sobre su hombro y me pasó el otro. Al llegar al embarcadero nos encontramos un hombre con un remo, sentado junto a la orilla. Era uno de los hermanos de Cerebro y nos acompañaría. Tenía 21 años, era fornido y llevaba trenzas pegadas a lo largo de su cráneo. A diferencia de la mayoría de los habitantes del pueblo, su semblante era grave y serio, casi malhumorado. No parecía que la gustara mucho la idea del viaje, pero fue el primero en subirse a la canoa. Luego nos indicó cómo hacerlo sin caer. Óscar pasó primero. Al verlo tan grande, intentando conservar el equilibrio, solté una risita nerviosa que se prolongó cuando me tocó el turno. El hijo y el hermano de Cerebro miraban nuestra torpeza con sorna.
El trayecto para llegar a Las Piscinas duró poco más de media hora. La entrada de mar era ancha en un principio. En uno de los costados se podían observar los primeros manglares; en el otro, el mar. Remábamos a contracorriente. “Es más fácil contriar ahora… luego cuando nos devolvamos nos dejamos llevar así suavecito,” explicó Joaquín.
Remar resultó más difícil de lo que pensaba. El remo no permanece estático entre zambullida y zambullida; se debe meter el remo de determinada manera, se ladea luego y se vuelve a zambullir. Por otra parte, me di cuenta que la introducción de los remos en el agua obedecía a una cadencia que ambos remeros conocían y a la cual fui adhiriéndome poco a poco. Pensé en la música del Pacífico y supuse que su ritmo centrado en los golpes de bombos tiene alguna relación con esta cadencia labrada por la madera y el agua.
“Oiga, ponga la mano así y verá que la coge bien bacano,” me dijo el hermano de Cerebro al observar la posición de una de mis manos. Con el cambio sugerido no tuve que emplear tanta fuerza como lo había hecho al principio. Cuando la entrada de mar asumió la apariencia de un río, con manglares en cada uno de los costados, el hermano de Cerebro dejó de remar. Detuve mis ojos en los esteros que alimentaban el bosque de manglares y desembocaban en el cauce de agua por el que íbamos remando.
Se acercaba el ruido de un motor. Mi corazón empezó a acelerarse con nerviosismo. Dejamos de remar. “Y si fueran…,” pensé, pero no dije nada. Una lancha pequeña y blanca pasó a lo lejos. “Ve, ¿pero y esos quiénes son?” preguntó Óscar. Los dos remeros miraron y luego pronunciaron un nombre con despreocupación. “¿Y ese es del poblado?” volvió a preguntar Óscar. “De Ladrilleros,” respondió Joaquín. Empezamos a remar de nuevo. La canoa se deslizaba con suavidad por el agua.
Mi deseo de remar fue interrumpido un par de veces por falta de fuerza. Óscar también tomó el remo, aunque duró tan poco como yo. Antes de dejarlo casi por el resto del trayecto de ida, remé una vez más. Óscar improvisó un ritmo con las manos sobre el borde de la canoa. El golpe repercutía a lo lejos y emitía un eco sordo.
A medida que nos adentramos, el cauce del agua se volvía más estrecho y la vegetación, más tupida. Empezamos a vislumbrar árboles de troncos más gruesos que cargaban un sinnúmero de plantas parasitarias sobre sus brazos. Estos árboles, mucho más imponentes que los manglares, parecían descansar ya sobre tierra firme. El bosque de manglares carecía de suelo y sus raíces se levantaban directamente del agua.
Las Piscinas eran una serie de pozos de agua dulce que desembocaban en la entrada de mar por la que habíamos venido. Como ya era un poco tarde y no queríamos que nos cogiera la marea alta, nos bañamos en el primer pozo. Tampoco había mucho sol. El hermano de Cerebro se quedó en la canoa.
Una cascada pequeña caía con fuerza. Dimos varios saltos y dejé que la corriente me llenara de burbujas la cabeza y el cuerpo. Una sensación de frío y vigor me atravesaba cada vez que salía. El hermano de Cerebro llegó a nuestro lado. Se había quitado las trenzas y podíamos ver su afro con toda libertad. Lo celebramos. El hombre se reía con timidez. Luego se lanzó al agua. Antes de irnos me lancé una vez más y sentí la fuerza del agua, rodeándome.
De venida la remada no fue difícil. Sólo paramos un momento porque quería bañarme en un punto donde el agua parecía más calma, poco antes de que pudiera verse el mar a lo lejos. En la orilla más cercana había manglares. La otra orilla se veía a gran distancia y no podía saber cuál vegetación la poblaba. Joaquín y su tío me miraban con incredulidad. Óscar intentó persuadirme, preguntándoles si la gente se bañaba aquí. Por un momento dudé porque no sabía cómo iba a subirme a la canoa sin tumbarla. Para Joaquín y su tío esto no era problema y finalmente terminaron impulsándome, divertidos. Contrario a lo que esperaba, el suelo era duro y carecía de esa lama o fango tan incómodos de los lagos. Nadé un poco a lo largo de la canoa. A pesar de que el agua parecía tranquila, la corriente era fuerte. “Está quedado,” comentó el hermano de Cerebro al verme nadar. Óscar tomó un par de fotos. Esta última nadada me hizo sentir, una vez más, que no quería irme de acá.
Finalmente me subí, no sin dificultad, y tomé el remo de nuevo. Ya le había tomado el tiro y la entrada y salida del remo empezó a ser simultánea a la de Joaquín y su tío. El remo entraba y salía, ladeándose al mando cadencioso de mis manos. Un nuevo vigor me dominaba.
Por la noche asistí una vez más a los Arrullos. Poco antes de que comenzaran nos habíamos encontrado con la niña de catorce años que hacía las veces de voz líder el día anterior. Le preguntó a Óscar, no exenta de coquetería, si pensaba ir. Habíamos supuesto que su interés implicaba que también iría. No fue así. Óscar tampoco asistió por mucho tiempo. Su decisión, según me contó luego, tenía relación con el desánimo que le producían los cambios que se están produciendo. Entre otras cosas, decía, la asistencia de las personas era menor que en años anteriores. “¡Y esa música de esa discoteca a todo volumen!” exclamó, “¡oyéndose todo el tiempo!” Yo me quedé con Cerebro.
Esta vez había mucha menos gente que ayer. Quizás lo más notorio era que el número de niños era menor. Esta vez los asistentes no podrían terminar de opacar la música de la discoteca que estaba cerca. De esta manera, la música bailable sería un telón de fondo cuyo brillo iba a ser más notorio cada vez que dejaban de cantar.
Entre los asistentes hubo cinco o seis hombres jóvenes. Ocuparon el espacio donde ayer estaban los niños. No aplaudieron ni cantaron. Sus rostros guardaban el desprecio de los adolescentes, aunque la mayoría debía oscilar por los 21 años. En un momento dado, sacaron una caneca de aguardiente y la fueron rotando. Uno de ellos me la extendió dos veces. Después salieron en bandada.
También estuvo Freddy, el niño al que había conocido por la mañana en la playa. Se acercó cuando me reconoció y desde ahí me señaló a su mamá con orgullo. En mi cara se esbozó una sonrisa de ternura. Freddy me miró serio y me preguntó la razón de mi risa. Le aclaré que me parecía muy bien que me mostrara a su mamá, pero su rostro parecía darme a entender que había creído que me reía de ella.
Cuando saqué la cámara de fotos, la máquina le llamó la atención a Freddy y a otros niños que se acercaron para ver cómo funcionaba. Freddy me preguntó si podía tomarle una foto. Tomé una sin flash y le mostré la pantalla para darle a entender que la luz no era suficiente. La verdad era que tomar fotos con flash me parecía irrespetuoso.

Los Arrullos carecieron del vigor de ayer y duraron mucho menos, aunque se suponía que su duración debía aumentar conforme se acercaba el 24 de diciembre. El intervalo entre las canciones era a su vez más duradero. La música de la discoteca, por su parte, no se detuvo nunca. En uno de estos intervalos Cerebro se levantó del lugar donde tocaba y pidió el bombo hembra. Luego se retiró. Yo lo seguí y me ofrecí a cargar uno de los bombos. Me pasó el bombo hembra. Pasaron algunos minutos antes de que comentara resignado: “¡Cómo se va perdiendo la tradición!” Me quedé en silencio: yo había pensado lo mismo.
“¿Y por qué creés que no vino la gente?” le pregunté.
“Porque estaban bailando. Antes no había tanto bailadero… Los adultos están bailando.”
No respondí nada. Nos quedamos en silencio hasta que llegamos a su casa. Nos despedimos y seguí caminando hasta donde estaba nuestra carpa. La noche parecía menos clara que ayer.
El último día nos despertamos más temprano para aprovechar la marea baja y caminar hasta Ladrilleros por la playa. Le dije a Óscar que quería meterme una última vez al mar. Freddy apareció de la nada. Me sorprendió encontrarlo. Parecía esperar algo que desconocía. Lo saludé y me dirigí a la playa. Me siguió.
“¿Me la va a tomar?” me preguntó finalmente.
“¿Tomar? ¿Tomar qué?” pregunté sin saber de qué me estaba hablando.
“¿Qué le dije ayer?” preguntó con cierta molestia.
“¿Qué?”
“¿Se acuerda lo que le dije ayer?”
“¿Lo de la foto?” caí en cuenta.
“Sí.”
“Dejame yo me ducho ahí un momento y vamos pues.” Aceptó.
En el mar duré unos minutos apenas. Cuando salí a ponerme ropa seca, le expliqué a Óscar la situación y le pedí que tomara unas fotos a Freddy. Mientras me vestía, oía cómo le indicaba dónde pararse. Le tomé más fotos cuando ya estaba vestido. Freddy posaba sin problemas ante la cámara, se paraba de lado, miraba hacia el lente sin timidez. Me reí con ternura para mis adentros.
Luego le mostré el resultado en la pantalla de la cámara. Parecía satisfecho. Dejé a un lado la cámara para terminar de organizarnos. Me despedí de Freddy, aunque notaba que seguía expectante. Finalmente se fue. Pensé luego que quizás esperaba las fotos impresas o algo parecido.
Desayunamos en un ambiente extraño. Era 24 de diciembre y Óscar tenía que llegar cuanto antes a Cali; por su parte, Cerebro parecía más cansado y triste. Por alguna razón empezamos a hablar de los problemas de las relaciones de pareja. “Yo llevo 21 años tratando de conservar un hogar y no he podido,” comentaba Cerebro. Luego añadió: “Quiero irme… Si me dan 50 millones me voy.” “Ya sabés que podés contar con nosotros,” dijo Óscar. “De pronto hasta les caigo,” contestó Cerebro. Luego rió. Ambos sabíamos que no lo haría. Yo no sabía qué posibilidades tendría Cerebro fuera de La Barra; ni siquiera podía imaginarlo en un lugar distinto a éste. Tenía 47 años y llevaba 17 trabajando con el turismo.
Miguel apareció cuando estábamos por terminar el chocolate. Contó de los Arrullos del día anterior. Le dijo a Óscar que ayer me dio trago. “Así que fue él,” pensé: era parte de los adolescentes que entraron y salieron sin pena ni gloria. Empezó a hablar con Óscar sobre el rodaje. Miguel hablaba con cierta lentitud. “Bueno, Papeto, no me descuide el culito que le dije,” comentó. Óscar se rió: “Es que quiere que le consiga una novia en la filmación.” Luego nos despedimos de él y de Cerebro. “Con fe, pues,” dijo Óscar, “que vamos a sacar la película.” Cerebro asintió. Empezamos a caminar hacia Ladrilleros en silencio.
Óscar parecía preocupado. El agua del mar había dejado algunas formaciones en las rocas de la orilla. Yo quería tomar más fotos pero no había tiempo, teníamos que tratar de llegar para la lancha de las diez de la mañana. “Estoy como cansado, ¿oíste?” me dijo Óscar, “y es extraño, tengo la sensación de que no voy a volver.” Volteó a mirar hacia La Barra. Los kioscos y puestos de la playa empezaban a perderse de vista.